En el uso cristiano, la abnegación expresa la decisión de no vivir desde el «yo» cerrado sobre sí, sino desde la fe y el amor a Dios. La abnegación implica, por tanto, tres movimientos inseparables:
- Renuncia interior: la persona deja que la gracia reduzca el peso de los deseos desordenados y de los intereses meramente mundanos.1,3
- Reorientación de la vida: la persona dirige acciones, opciones y afectos a la gloria de Dios y al bien del prójimo.3
- Seguimiento de Cristo: la renuncia toma forma concreta al seguir a Jesús, especialmente al asumir la cruz en la vida cotidiana.1,2
Desde la perspectiva espiritual, la abnegación se entiende como parte del crecimiento en la caridad, núcleo de la perfección cristiana. Tomás de Aquino sitúa la perfección espiritual en el amor a Dios y al prójimo, y explica que en la vida terrena la «perfección» se alcanza de modo real aunque no exhaustivo, mediante la orientación de las acciones a Dios y el desapego interior.3
