En la tradición católica, la abstinencia pertenece al conjunto de prácticas penitenciales. Estas prácticas preparan para las fiestas litúrgicas y ayudan a adquirir dominio de los instintos y libertad de corazón.1
El magisterio conecta la abstinencia con un cambio vital: ayuno y abstinencia no son gestos meramente rituales, sino signos expresivos de una conversión necesaria. La penitencia conduce a dejar bienes materiales o satisfacciones legítimas para ganar libertad interior, escuchar mejor la Palabra de Dios y servir con generosidad al prójimo.6
Desde esta perspectiva, la abstinencia busca ordenar el deseo, fortalecer la voluntad y educar la conciencia para amar de modo más pleno. Esa pedagogía penitencial se realiza especialmente en los tiempos y días del año litúrgico en que la Iglesia intensifica la práctica penitencial: Cuaresma y, en recuerdo de la muerte del Señor, cada viernes.7,3
