Qué evita la univocidad
La univocidad afirma que un término se predica de Dios y de las criaturas en el mismo sentido, como si cupiera una comunidad plena de significado. Santo Tomás rechaza esta posibilidad al tratar los nombres de Dios: Dios no se encuentra en el mismo nivel de inteligibilidad ni dentro del mismo modo de perfección que las realidades creadas. Por esa razón, la predicación de los términos divinos no discurre como si Dios y la criatura compartieran una medida idéntica de la perfección.
En el marco tomista, Dios constituye la causa primera y universal, mientras que las criaturas participan de esa causalidad y de ese ser de modo derivado. Esa relación impide que el lenguaje alcance una identidad total del sentido.
Qué evita la equivocidad
La equivocidad destruiría el vínculo entre lo que el hombre dice de las criaturas y lo que puede afirmar de Dios: si el término no tuviera ningún punto de referencia común, el conocimiento se volvería inservible para alcanzar verdad sobre Dios. La teología tomista mantiene un punto medio: el lenguaje conserva una referencia real a Dios, pero no se limita a un juego verbal vacío.
Santo Tomás caracteriza el fundamento de esta postura: cuando el agente universal no puede llamarse unívoco, tampoco queda reducido a una equivocidad total, porque debe producir una semejanza real en su efecto. En esa situación, el lenguaje describe una predicación análoga.