En el primer capítulo del Libro de Daniel, el autor introduce a cuatro jóvenes de Judá: Daniel, Ananías, Misael y Azarías. El texto sitúa su presencia en el contexto del asedio y la deportación ordenados por el rey de Babilonia, Nebucadnezzar. El relato nombra explícitamente a los tres jóvenes en la lista del grupo, y subraya su procedencia de la tribu de Judá.1
El rey impone una política de asimilación cultural: ordena la educación en la literatura y lengua caldeas y sustituye los nombres hebreos por nombres nuevos. En esa renominación, el texto bíblico conecta a cada joven con su equivalente caldeo:
- Ananías → Sadrac
- Misael → Mesac
- Azarías → Abednago1
El capítulo tercero retoma esos mismos personajes cuando el poder babilónico exige adoración a una estatua de oro. El rey presenta los nombres caldeos en el conflicto público, y la narración deja claro que el horno de fuego amenaza específicamente a Sadrac, Mesac y Abednago, quienes rehúsan servir a los dioses del imperio y negarse a adorar la estatua.2


