El relato del Génesis presenta la vida animal como una parte querida del mundo creado por Dios. Dios crea los seres vivos marinos, las aves y los animales terrestres, y contempla que «era muy bueno» lo que ha hecho. Tras crear al ser humano, Dios le encomienda el dominio sobre «los peces del mar... las aves... las bestias... y todo animal que se arrastra». Ese dominio no equivale a un poder absoluto: el orden de la creación pide responsabilidad y respeto.4,1
La Escritura también pone en boca de la alabanza a las criaturas. El Salmo 148 convoca a «los animales salvajes y todas las reses, los reptiles y las aves» a bendecir al Señor. Así, los animales no aparecen solo como recursos, sino como parte del coro universal que remite a Dios.5
En la lectura patrística del Salmo, san Agustín explica que algunas realidades «tienen aliento» para alabar, mientras otras, por su bondad y orden dentro del universo, conducen a la alabanza del Creador cuando el hombre «las contempla con inteligencia». Esta perspectiva ilumina por qué el creyente puede elevarse a Dios al contemplar la belleza y el orden de las criaturas animales.6
