Primeros asentamientos y llegada de sacerdotes
La presencia católica en los límites del futuro territorio de Denver se remonta a los primeros asentamientos permanentes. En 1852, una colonia española procedente de Nuevo México se estableció en el sur de Colorado, en la zona del río Conejos; edificó su primera iglesia en 1858.
A medida que aparecieron asentamientos adicionales durante la década de 1850, los fieles necesitaban atención sacramental y pastoral. El obispo John Baptist Lamy, de Santa Fe, envió sacerdotes, y su jurisdicción entonces llegaba hacia el norte hasta el río Arkansas.
El impulso demográfico por la fiebre del oro
El descubrimiento de oro en 1858, cerca del lugar que llegaría a ser la ciudad de Denver, transformó la región: creció rápidamente la población y surgieron campamentos mineros y pueblos en torno al Pico de Pike. Esa afluencia exigió una respuesta eclesial más organizada.
En aquellos años, el territorio dependía del vicariato de obispo Miège de Leavenworth, quien visitó Denver en 1860. La distancia geográfica hacía casi imposible mantener una atención regular para esas misiones dispersas, por lo que las tareas se transfirieron a la jurisdicción del obispo de Santa Fe.,
Joseph P. Machebeuf y John B. Raverdy: trabajo casi sin apoyo
Para atender las regiones mineras y los nuevos asentamientos, el obispo Lamy envió a su vicario general, Joseph P. Machebeuf, y a un sacerdote joven, John B. Raverdy. Machebeuf ya contaba con experiencia misionera: había trabajado años en misiones del norte de Ohio y también en labores similares en Nuevo México y Arizona.
Llegaron a Denver en octubre de 1860 y durante más de siete años atendieron el territorio «casi sin ayuda», recorriendo regiones inmensas y levantando iglesias cuando era viable. Esa fase muestra cómo la Iglesia local se forjó con iniciativa pastoral, presencia personal y capacidad de organizar la vida eclesial en condiciones difíciles.