Formación del clero y obras educativas
La vida diocesana integró educación y formación junto con la atención sacramental. A comienzos del siglo XX, Vigan contaba con un seminario-colegio bajo padres jesuitas españoles, con cuatrocientos colegiales y veinte seminaristas.
En el ámbito femenino, el texto destaca un colegio vinculado a la acción del último obispo español, mons. Hevia Campomanes, confiado a las Hermanas de San Pablo de Chartres.
En el mismo periodo, los dominicos sostuvieron un colegio de varones en Dagupan (provincia de Pangasinán), y las dominicas atendieron un colegio femenino en Lingayen (capital de Pangasinán).
La red escolar incluyó también iniciativas parroquiales: en 1910, en Tagudin (provincia de la provincia de montaña), se abrió una escuela parroquial y colegio confiados a hermanas belgas, con formación manual e intelectual para 305 alumnas; también se proyectó una institución similar para la subprovincia de Abra con hermanas alemanas.
Evangelización y renovación misionera
La evangelización combinó la predicación con la presencia de religiosos y el relevo de equipos misioneros. El texto clásico señala que los españoles evangelizaron a los ilocanos y pangasinanes, y que estos grupos mantuvieron en general fidelidad a la Iglesia católica.
Tras el quiebre político de fines del siglo XIX, la narración describe el momento de 1898: la insurrección contra los Estados Unidos obligó a los misioneros a huir, mientras sacerdotes belgas y alemanes ocuparon el campo misionero y avanzaron gradualmente en la recuperación de comunidades frente a costumbres precristianas.
Desafíos pastorales: protestantismo y el cisma de 1902
La consolidación católica atravesó tensiones. El texto indica que, desde la ocupación estadounidense, algunos grupos protestantes se establecieron en la región y atrajeron a parte del sector más ignorante, poniendo a prueba la cohesión religiosa de la población.
Un segundo desafío resultó decisivo: el cisma de 1902, promovido por el sacerdote Gregorio Aglipay, presentado como sacerdote excomulgado. El relato resalta que Aglipay había nacido en la diócesis y había tenido relevancia militar en un contexto de insurrección, encontrando apoyos en la región.
El mismo relato explica el contenido del cisma: Aglipay pretendió defender derechos del clero nativo, aunque el movimiento adquirió una dimensión política, atrayendo veintiún sacerdotes y un número amplio de laicos; posteriormente, la descalificación del movimiento impulsó el retorno de muchos a la Iglesia católica, mientras una parte menor de los pueblos montañeses permaneció fuera de la reconciliación.