Peregrinación, conversión interior y deseo de Cristo vivo
Los mensajes papales describen con frecuencia el Camino como un itinerario que tiene un fin espiritual más profundo que el simple recorrido material. Se invita a los peregrinos a vivir el Camino sobre todo interiormente, dejándose interpelar por la llamada del Señor, y a acumular experiencias de fe, caridad y fraternidad en la andadura.,
Se insiste igualmente en que el peregrino se descubre dispuesto a ser testigo, y que el auténtico objetivo es la gracia: la meta verdadera del Año Santo no se alcanza solo con el «mero recorrido material del Camino», sino que conduce a una conversión que permite anunciar que Cristo vive.
En esa línea, se presenta el encuentro con Cristo vivo como núcleo del Año Santo, destacándose que el perdón -y el encuentro personal con el Señor- es lo «más buscado, lo más preciado y característico» del jubileo.
Sacramentos como corazón del Jubileo
La pedagogía pastoral que se propone en los Jubileos incluye la disponibilidad de los sacerdotes para la atención sacramental. Se exhorta a los presbíteros a prodigarse en la administración del sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía, subrayando que lo más propio del Año Santo es el perdón y el encuentro con Cristo vivo.
De forma complementaria, se recuerda que en el Año Santo existe una oportunidad especial para reflexionar sobre la vocación a la santidad, dejándose iluminar por la palabra de Dios y reconociendo a Cristo que «acompaña» y «se da» personalmente, «especialmente en la Eucaristía».
Apertura de la Puerta Santa y el «gran perdón»
En las celebraciones de apertura del Jubileo, se menciona explícitamente la apertura de la Puerta Santa como signo que inaugura el Año Jubilar compostelano y como marco de una «temporada de gracia y perdón». Tradicionalmente, se habla del «gran perdón», presentado como tiempo para volver a la vocación verdadera a la santidad y para acoger el encuentro con Cristo.
En 2004, por ocasión del inicio del Año Santo compostelano, se describe la intención de saludar a pastores y fieles de la Archidiócesis, así como de unirse espiritualmente a los peregrinos que parten hacia el sepulcro del Apóstol. Se insiste en que, durante siglos, muchos caminantes llegaron desde el «fin del mundo» en espíritu de oración y sacrificio.