La Catedral del Salvador
La catedral del Salvador marca la continuidad histórica de la sede zaragozana. El templo está dedicado al Salvador y conserva una singular relación litúrgica con el santuario de Nuestra Señora del Pilar: la Iglesia del Pilar y la Catedral comparten el rango catedralicio, con alternancia del cabildo en la presencia en ambas sedes; el decano alterna por períodos.
La construcción de la catedral se inició en el siglo XIV por Pedro Tarrjao. En 1412, el papa Benedicto XIII impulsó la erección de un baldaquino solemne, del que cayó una de las columnas, quedando reducido al estado actual.
Las reformas góticas culminaron en el conjunto arquitectónico: en 1490 el arzobispo Alonso de Aragón igualó la altura de las naves laterales con la central y amplió el espacio con dos naves más; más tarde, Fernando de Aragón añadió tres naves más allá del coro para equilibrar el conjunto, y hacia 1550 se completó la fábrica gótica.
La Basílica del Pilar y su proyecto barroco
La tradición sitúa el origen del santuario en una capilla vinculada al apóstol Santiago, y la historia diocesana conserva la memoria del obispo Librana, que encontró el edificio casi en ruinas y acudió a la caridad de los fieles para reconstruirlo.
El gran proyecto barroco avanzó con una reconstrucción progresiva hasta finales del siglo XVII y alcanzó una nueva etapa constructiva: en 1681 comenzaron los trabajos y la primera piedra se colocó el 25 de julio de 1685, a cargo del arzobispo Diego de Castrillo.
La Basílica del Pilar desarrolla una notable extensión y cubre la capilla angelical, donde se venera la imagen de la Virgen. Aunque el estilo no responde a un «punto culminante» en términos artísticos, el edificio atrae por su exterior y la multiplicidad de cúpulas, que reflejan su silueta en las aguas del Ebro.