En sentido general, ayunar significa practicar una abstinencia de alimentos y, según los casos, de bebidas, con distintos grados de restricción. En sentido estricto, el ayuno implica abstenerse de comida durante el período establecido.4
La Iglesia también distingue prácticas relacionadas: existe el ayuno natural (el que precede a la Comunión) y formas de ayuno morales o «filosóficas», es decir, abstinencias acomodadas a las disposiciones del individuo y orientadas por la disciplina interior.4,5
El propósito del ayuno no se reduce al ámbito dietético. La razón moral que sostiene el ayuno se vincula a una exigencia de la ley natural: la criatura racional necesita emplear medios adecuados para someter la concupiscencia.4
Mortificación y libertad de corazón
El Catecismo describe el sentido del precepto de ayuno y abstinencia: estas prácticas aseguran «los tiempos de ascesis y penitencia» que preparan para las fiestas litúrgicas y ayudan a «adquirir dominio sobre los instintos y libertad de corazón».1
Así, el ayuno educa la persona para vivir con mayor coherencia interior, evitando que el placer inmediato gobierne la voluntad y abriendo el corazón a Dios.1,2

