La Septuaginta resulta clave para comprender la historia textual y la recepción eclesial de la Escritura por motivos principales:
- Testimonio antiguo del texto hebreo. La Septuaginta ofrece una traducción muy temprana del Antiguo Testamento. Su antigüedad permite a los estudiosos comprender mejor el texto hebreo (masorético), que llegó a una forma fija varios siglos después. Entre los siglos III-II a. C. y la época en que el texto hebreo quedó estabilizado, el Antiguo Testamento pudo experimentar alteraciones (corruptelas, omisiones, adiciones o cambios de orden). La Septuaginta aporta un testimonio valioso para interpretar esos procesos.1,3
- Puente cultural y teológico. La versión griega difundió entre los pueblos de habla griega la expectativa mesiánica y facilitó el desarrollo de un vocabulario teológico griego adecuado para anunciar el Evangelio.1
- Uso extendido antes y después de la época de Cristo. El judaísmo griego empleó la Septuaginta durante siglos. En tiempos de Cristo, muchos la consideraban un texto legítimo, y también entró en el horizonte de los cristianos primitivos, que tomaron de ella referencias del Antiguo Testamento.1
- Recepción eclesial y aprovechamiento patrístico. La Iglesia antigua utilizó la Septuaginta de forma directa (especialmente en el mundo griego) o indirecta a través de traducciones antiguas. Padres y escritores eclesiásticos le concedieron gran estima. Conocerla ayuda a comprender mejor esas literaturas.1,2
- Conservación en la liturgia y en tradiciones antiguas. La tradición oriental conserva la Septuaginta como texto de referencia, y en Occidente influyó en traducciones latinas tempranas, como la Vetus Itala; además, la tradición latina vinculó su forma de los Salmos con la revisión hexaplar de la Septuaginta.1



