Definición y denominación
El término bulla procede del latín bullire («hervir») y alude al aspecto del sello metálico que en su origen tenía forma de «burbujita». Con el tiempo, el nombre pasó a designar los sellos de plomo con los que se autenticaban documentos papales (y reales) y, más adelante, se aplicó también al propio documento. Ese uso plenamente diferenciado aparece a partir del siglo XIII.1
Para el uso práctico, una bula se describe con precisión como «una carta apostólica con sello de plomo». En su suscripción (en la fórmula inicial), el Romano Pontífice toma el título episcopus, servus servorum Dei.1
Estructura documental básica
En el plano diplomático, la bula se reconoce por una combinación de elementos formales:


