El camino ascético se concreta de forma diversa según la vocación, pero mantiene una lógica común: obedecer a Dios, guardar el corazón y practicar la caridad. Un ejemplo especialmente influyente en la tradición occidental se encuentra en la Regla de san Benito.
En el prólogo, san Benito presenta el seguimiento cristiano como retorno a Dios mediante la obediencia, renunciando a la voluntad propia y tomando el «armamento» de la obediencia para combatir bajo Cristo Rey. Ese dinamismo incluye la oración para que las obras buenas nazcan de Dios y no de la autosuficiencia.,
La misma tradición monástica traduce la penitencia interior en hábitos exteriores, por ejemplo en la virtud de la humildad. La Regla exhorta al monje a actuar con discreción y gravedad, y a recordar su condición de pecador ante Dios; la práctica diaria madura hasta convertirse en amor estable y en un modo de obrar que nace de la caridad, no solo del temor.
Finalmente, la penitencia se vuelve caridad concreta: la Regla sitúa la atención al pobre en la puerta del monasterio. El portero responde con amabilidad «en el fervor de la caridad» y con temor de Dios, para atender a quien llama o necesita ayuda.