Orígenes: clasificación de libros y horizonte alejandrino
Orígenes, en la tradición alejandrina, organizó los escritos del Nuevo Testamento en categorías según su recepción, y esa clasificación marcó el horizonte exegético del área. Una tradición histórica resume su postura así: Orígenes situó los escritos con reconocimiento amplio (los homologoumena) junto a otros que generaban debate (los antilegomena, relacionados con los escritos de recepción más disputada).
En esa visión, los homologoumena incluyen los cuatro Evangelios, las trece epístolas paulinas, los Hechos y el Apocalipsis, además de 1 Pedro y 1 Juan.
Respecto a los escritos disputados, la tradición histórica explica que Orígenes los valoró de manera amplia en su uso, y la recepción alejandrina acabó fijando firmemente en ese ámbito ciertas cartas antes discutidas.
Eusebio de Cesarea: continuidad con matices
Eusebio de Cesarea mantuvo una división parecida en categorías (por ejemplo, homologoumena y antilegomena). Su esquema incluye Hebreos dentro de los libros de recepción amplia, aunque él mismo reconoce en otros lugares su condición discutida; además, coloca los escritos disputados en una categoría propia.
Eusebio no trató el canon como un listado ya cerrado en sentido definitivo, sino como un conjunto de libros con grados de recepción y debate todavía vivos dentro del mismo mundo oriental.
Del ámbito alejandrino al reconocimiento eclesial
En el recorrido global de la Iglesia, la formación del canon del Nuevo Testamento conoció vacilaciones: el reconocimiento universal se alcanzó para un núcleo estable (los cuatro Evangelios, Hechos, trece epístolas paulinas, y la recepción de otros escritos con diferencias de tiempo y alcance), mientras que existieron dudas sobre Hebreos, las epístolas católicas y el Apocalipsis según algunas listas antiguas.
El Concilio de Hipona (a finales del siglo IV) fijó el canon del Nuevo Testamento sobre la base del consenso general de las Iglesias, y el Concilio de Trento confirmó esa definición.