El Camino Neocatecumenal, surgido en los años 1960 en las periferias de Roma bajo la iniciativa de Francisco «Kiko» Argüello y Carmen Hernández, responde al llamado del Concilio Vaticano II a una renovación de la catequesis y la evangelización. En este contexto, los catequistas itinerantes emergen como una expresión particular de la misión laical, adaptada a las necesidades de una sociedad secularizada. Su origen se remonta a la década de 1970, cuando el movimiento comienza a expandirse más allá de Italia, requiriendo formadores capacitados para guiar a los «lejanos» -aquellos alejados de la práctica eclesial- hacia una fe madura.
Desde sus inicios, estos catequistas han sido vistos como herederos de la tradición apostólica, evocando la figura de los primeros discípulos enviados por Jesús a predicar el Evangelio sin equipaje ni seguridades materiales. En los años 1980, el Papa Juan Pablo II los menciona repetidamente en audiencias y discursos, destacando su rol en la implantación de comunidades parroquiales vivas. Por ejemplo, en encuentros con grupos neocatecumenales, el pontífice alaba su dedicación a la predicación kerygmática, que anuncia el misterio pascual como centro de la fe cristiana.1 Esta evolución histórica refleja el paso de una catequesis local a una dimensión universal, alineada con la misión ad gentes de la Iglesia.
A lo largo de las décadas, los catequistas itinerantes han participado en la fundación de miles de comunidades en Europa, América, Asia y África, colaborando con obispos locales para revitalizar parroquias en crisis. Su historia está marcada por desafíos como la adaptación cultural y la integración en estructuras diocesanas, pero también por frutos visibles, como el surgimiento de seminarios Redemptoris Mater.
