Tras tratar la disciplina interna, Urbano II abrió la discusión sobre Oriente. En su entorno, la recepción en Francia favoreció una expectativa creciente: nobles y caballeros acudieron en gran número, y el papa encontró un clima muy favorable para la predicación de la cruzada a medida que recorría el país.
En el sínodo, el papa decidió que la respuesta debía organizarse con una forma de expedición armada: un ejército de caballería e infantería debía partir para rescatar Jerusalén y las iglesias de Asia de los «sarracenos».
El discurso a la multitud
Al salir de la iglesia, Urbano II se dirigió a la inmensa multitud. Su alocución describió la cautividad de la Ciudad Santa, donde Cristo había padecido y muerto, y la profanación de Jerusalén y de las iglesias cristianas.
Urbano II exhortó a los presentes a orientar sus armas contra los enemigos de la fe. En las palabras del propio texto, el papa invitó a «volver las armas, empapadas en la sangre de los hermanos, contra el enemigo de la fe cristiana», y dirigió el reproche a quienes oprimían a huérfanos y viudas, violaban iglesias o saqueaban la propiedad ajena.
Cuando Urbano II terminó, la multitud respondió con un grito solemne: «Deus lo volt». La reacción superó lo que el papa esperaba y desbordó la iniciativa inicial del sínodo.
Liderazgo y predicación posterior
El sínodo no culminó en una simple proclamación. Urbano II alentó repetidamente a las personas a tomar la cruz y, pese a las insistencias para que encabezara la empresa en persona, designó como responsable a Ademar, obispo de Le Puy, en su lugar. Después, el papa recorrió ciudades en Francia predicando la cruzada.
El pontífice también actuó por correspondencia y misión: envió cartas a los obispos que no habían podido asistir y despachó predicadores por Europa para avivar el entusiasmo.