A comienzos del siglo XVI, la unidad visible de la Iglesia vivió tensiones alimentadas por conflictos políticos entre potencias europeas. En ese ambiente, Julio II buscó restaurar la paz y encauzar la vida eclesial mediante una vía conciliar con autoridad pontificia, pero un sector disconforme optó por convocar un encuentro alternativo en Pisa, apoyado por intereses civiles y militares.1
El conflicto eclesial se entiende mejor si se distingue entre convocar un concilio con autoridad del Romano Pontífice y convocar una asamblea en desafío. Los promotores de Pisa intentaron presentar su iniciativa como una continuación o alternativa conciliar, pero Julio II calificó su proceder de irregular y rechazó cualquier validez del acto al margen del papa.1


