La Iglesia presenta la devoción al Inmaculado Corazón de María como un modo concreto de contemplar la unión espiritual entre la Madre y el Hijo: el misterio del Corazón de Jesús «se proyecta» y «repercute» en el Corazón de María, que también forma parte del camino de discípula.1
Esa unión impulsa a los fieles a ofrecer a Dios, por manos de María, actos de amor, gratitud y reparación. Pío XII afirma que, para que la abundancia de favores alcance a los cristianos, conviene que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús vaya «estrechamente unida» a la del Inmaculado Corazón de la Madre de Dios, porque María participa inseparablemente en la obra de la Redención.2



