En el marco de la espiritualidad de san Francisco, el Crucifijo de San Damián aparece como un lugar interior de encuentro con el Señor. En una carta dirigida a la Familia Franciscana con motivo del inicio del octavo centenario de la muerte de san Francisco, el papa León XIV pone en boca de la intercesión del santo una enseñanza clara: san Francisco «reconoció la paz verdadera» en el Crucifijo de San Damián.1
La misma carta identifica el Crucifijo como fuente auténtica de reconciliación capaz de derribar muros: «enseñanos a buscar en Él la fuente de toda reconciliación que derriba toda pared».1



