La Iglesia enseña que entre los fieles que ya gozan de Dios, quienes se purifican todavía y quienes peregrinan en la tierra existe un vínculo permanente de caridad. Esa comunión sostiene «un intercambio abundante de todos los bienes», de modo que la santidad de unos aprovecha a otros más allá del daño que el pecado podría causar.1
El purgatorio no rompe la comunión eclesial. El Catecismo afirma que la Iglesia, compuesta por los vivos, los que se purifican y los bienaventurados, forma «una sola Iglesia» y que la «amorosa misericordia de Dios y de sus santos» permanece atenta a la oración.4
La práctica de la oración por los muertos arraiga en la tradición apostólica y bíblica: la Iglesia honró desde el principio la memoria de los difuntos y ofreció oraciones «sobre todo el sacrificio eucarístico», para que, purificados, alcancen la visión beatífica. El Catecismo también recomienda limosnas, indulgencias y penitencias ofrecidas por los muertos.2
