León XIII sitúa el documento dentro del impulso apostólico de su pontificado. Presenta su misión como una continuación de la obra confiada a Pedro y a sus sucesores, cuya dignidad permanece incluso cuando el sucesor resulta indigno.2
Los dos objetivos principales
La encíclica articula su propósito en dos fines «principales» que León XIII desea llevar a término:
- Restaurar en gobernantes y en pueblos los principios de la vida cristiana en la sociedad civil y en la vida doméstica, porque no existe vida verdadera para el ser humano fuera de Cristo.2
- Promover la unión de quienes se apartaron de la Iglesia católica por herejía o por cisma, ya que León XIII afirma como voluntad de Cristo que todos formen una sola grey bajo un solo Pastor.2
Preparación para Pentecostés y solicitud de oración
Al mirar el tiempo de Pentecostés, León XIII dedica la encíclica a la presencia interior y a la acción eficaz del Espíritu Santo en la Iglesia y en las almas. El Papa desea que, como fruto, aumente la fe en el misterio de la Trinidad y crezca una piedad encendida hacia el Espíritu, a quien se debe la gracia de seguir los caminos de la verdad y la virtud.2
En el mismo horizonte, el Papa conecta la devoción al Espíritu con la reunión de los cristianos: remite a una carta anterior pidiendo oraciones especiales en Pentecostés «para la reunión de la cristiandad» y propone avanzar con nuevas exhortaciones.3


