El documento presenta a Cristo como modelo de perfección y sitúa la santidad en el horizonte de la Iglesia que, desde los orígenes, reconoce la acción de Dios en la vida de los fieles que ofrecen testimonio mediante el martirio o la práctica heroica de las virtudes. En ese marco, la Iglesia propone el camino de la santidad y, tras la investigación correspondiente, declara santos en el acto solemne de la canonización.1
La constitución fija normas para la instrucción de las causas, mejora el modo de organizar los trabajos en la Sede Apostólica y procura una tramitación más sencilla sin perder el rigor propio de una materia tan decisiva para la vida eclesial.1
