El Espíritu y la remisión de los pecados
El domingo muestra que el Resucitado no solo consuela: confía a los discípulos la misión de perdonar. El evangelio presenta a Cristo que transmite el Espíritu y entrega el poder de perdonar los pecados.
Este perdón nace de las heridas del Resucitado: la Escritura relaciona el don de misericordia con el costado traspasado y con el conjunto de la Pasión.
Confesión, vergüenza y «resignación»
El Papa Francisco, al predicar sobre este domingo, describió dos «puertas» que pueden cerrarse ante el perdón: la vergüenza y la resignación.,
- La vergüenza puede convertirse en un umbral para el encuentro: la persona no acepta el mal y abre espacio al Señor para vencerlo.
- La resignación bloquea el dinamismo de la misericordia: el creyente renuncia a pedir perdón y se acostumbra a pensar que «no cambia nada».
Francisco insiste en una certeza: la misericordia transforma la experiencia del pecado. Cuando el creyente se confiesa, el pecado que separaba del Señor se vuelve un lugar donde el hombre encuentra al Dios que se deja hallar «a través de puertas cerradas».
El Catecismo encuadra sacramentalmente esta dinámica: el regreso a la comunión con Dios después del pecado es un proceso nacido de la gracia, porque Dios es rico en misericordia y cuida la salvación; el creyente pide ese don para sí y para los demás.