Pablo ordena el uso de los dones en las reuniones eclesiales y protege la inteligibilidad del mensaje. En concreto, establece un marco claro para las lenguas y su interpretación:
«Si alguien habla en una lengua, que hablen solo dos o a lo sumo tres, y por turno; y que haya quien interprete.»4
La ausencia de intérprete también tiene una norma precisa:
«Si no hay quien interprete, que guarden silencio en la iglesia y hablen para sí mismos y con Dios.»5
Pablo además exige que quien reclama poder o inspiración reconozca la autoridad apostólica y someta su actuación a la corrección del Señor transmitida por el apóstol:
«Quien afirma ser profeta o tener dones espirituales debe reconocer que lo que yo escribo es mandato del Señor.»6
Este conjunto de criterios muestra que el don de interpretación no sirve al espectáculo ni a la confusión, sino a la vida eclesial ordenada y a la edificación común.4,5,6
