Los dones carismáticos -ya sean extraordinarios o sencillos y humildes- constituyen gracias del Espíritu Santo que benefician directa o indirectamente a la Iglesia. La finalidad de estos dones responde a tres ejes: la edificación de la Iglesia, el bien de los hombres y las necesidades del mundo.1
La Iglesia enseña además que el discernimiento resulta siempre necesario: ningún carisma queda dispensado de ser referido y sometido al juicio de los pastores. Esta función no apaga la acción del Espíritu, sino que «prueba todas las cosas y se aferra a lo bueno», para que los distintos carismas, en su diversidad y complementariedad, trabajen «para el bien común».2,3

