La doctrina social de la Iglesia sostiene una relación intrínseca entre moralidad y economía: la actividad económica toca a la persona humana y a sus necesidades; por eso, la moralidad no acompaña la economía desde fuera, sino que la atraviesa desde dentro.1
El Compendio de la doctrina social de la Iglesia formula esta idea con claridad:
«La relación entre moralidad y economía es necesaria... e íntimamente unidas» y no exige separar «estas dos esferas».1
Esta unidad explica un principio clave: la economía tiene fines parciales (producción, distribución y consumo), pero su finalidad real apunta a la humanidad y a la sociedad. Por eso, la razón moral orienta el «para qué» de la economía y la justicia indica «cómo» ordenar sus operaciones.1
