Durante las décadas anteriores, el Imperio romano mantuvo una visión teocrática y absolutista de la relación entre el poder civil y el culto religioso. Esa mentalidad chocó con la exigencia cristiana de libertad de conciencia, incompatible con un sistema que forzaba la adhesión a los dioses y al culto vinculado al emperador.1
A lo largo del tiempo, los cristianos pasaron de ser considerados una desviación dentro del judaísmo a ser tratados como enemigos del Estado, hasta llegar a una etapa en que las autoridades atacaron a la Iglesia como tal.1
El fracaso de las grandes persecuciones culminantes (en especial la de Diocleciano y sus colaboradores) llevó a reconocer que el conflicto no podía prolongarse indefinidamente. En ese cambio de clima político, el primer paso decisivo ocurrió con el edicto de tolerancia de Galerio (desde Nicomedia, en 311), cuando el emperador reconoció que los intentos de «reconducir a los cristianos» habían fracasado.1



