Los orígenes del monacato cristiano se sitúan en el desierto egipcio a principios del siglo IV1,2. Hombres y mujeres huyeron de la persecución y del peligro de la apostasía para servir a Dios en la soledad1. San Antonio (270-356) es considerado el padre de todos los monjes en la tradición eremítica, una vida de total soledad3,4,1. Su fama atrajo a muchos otros, dando lugar a grandes colonias de monjes en Egipto bajo Diocleciano y Constantino, conocidas como lauras1.
Paralelamente, San Pacomio (290-346) es reconocido como el fundador del cenobitismo, una forma de vida monástica en comunidad3,4,5. Pacomio reunió a los monjes en una comunidad (koinobion, que significa «vida en común») dentro de un mismo edificio, el monasterio (monasterion o monē)4. En esta forma de vida, los monjes estaban sujetos a la obediencia de un superior (hegumen) y seguían un horario común de oración y trabajo manual4.
Ambos estilos de vida, eremítico y cenobítico, se difundieron rápidamente por todo el Oriente cristiano y llegaron al Occidente latino a mediados del siglo IV3,4.
