Entre los riesgos pastorales del mundo actual, la exhortación dedica un pasaje explícito a hedonismo y consumismo. El texto afirma que esa dinámica puede convertirse en perdición: cuando la persona queda atrapada en el propio placer, se preocupa más por sí misma y por sus derechos, y termina sintiendo dificultad para interesarse de verdad por quienes sufren.
Francisco relaciona esta desviación con una cultura de la prisa y la evasión: la persona demanda «tiempo libre» para disfrutar y se vuelve menos sensible al dolor ajeno.
El documento contrapone ese ritmo a una simplicidad de vida: resistir la presión de una sociedad de consumo deja al creyente más libre interiormente y menos ansioso por tenerlo todo «ahora».
Además, el texto denuncia el efecto de quedar absorbido por información superficial, comunicación instantánea y realidad virtual, que pueden hacer que el creyente desperdicie tiempo y termine indiferente ante la carne sufriente del prójimo.