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Historia de la Iglesia en el siglo XV

El siglo XV constituye una etapa decisiva en la historia de la Iglesia católica: la cristiandad sale del Cisma de Occidente mediante los concilios, el papado reorganiza su autoridad y la vida eclesial afronta tensiones doctrinales y políticas. En el plano cultural, el humanismo y la imprenta transforman el modo de difundir ideas, mientras la Iglesia amplía su presencia misionera en nuevos territorios. Estas corrientes preparan, sin resolverlas todavía, algunas tensiones que acabarían marcando la transición hacia la Reforma protestante.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreHistoria de la Iglesia en el siglo XV
CategoríaEvento
DescripciónEtapa decisiva del siglo XV en que se resuelve el Cisma de Occidente, se consolidan los concilios de Constanza, Basilea y Florencia, y la Iglesia experimenta reformas, expansión misionera y tensiones que preludian la Reforma protestante. Durante el siglo XV la Iglesia busca la unidad tras el Cisma de Occidente mediante el Concilio de Constanza (1414-1418), elige a Martín V (1417) y enfrenta el conciliarismo. Los concilios de Basilea (1431-1445) y Florencia (1438-1445) intentan la unión con las Iglesias orientales, aunque la unión resulta frágil. El papado de Martín V reforma la curia y establece concordatos con monarquías europeas. Simultáneamente, el humanismo y la imprenta transforman la cultura eclesial, mientras la expansión misionera lleva la fe a nuevos territorios
ReferenciasDecreto de unión del Concilio de Florencia (1439)
Contexto HistóricoLa Iglesia católica afronta el Cisma de Occidente, la creciente conciencia nacional, el humanismo renacentista y la difusión de la imprenta, mientras se intensifican los roces entre autoridad eclesial y civil.
Eventos RelacionadosConcilio de Constanza (1414-1418), elección de Martín V (1417), Concilio de Basilea (1431-1445), Concilio de Florencia (1438-1445), decreto de unión del Concilio de Florencia (1439)
Fecha de Fin1500
Fecha de Inicio1400
Importancia HistóricaRestauración de la unidad eclesial, consolidación de la autoridad papal bajo Martín V, intentos de unión con Oriente y creación de condiciones culturales y políticas que preparan la Reforma protestante.
Personas RelacionadasGregorio XII, Benedicto XIII, Juan XXIII, Martín V, Eugenio IV, Juan VIII
TipoSuceso histórico, Siglo XV
UbicaciónEuropa

Tabla de contenido

Marco general del siglo XV

Durante el siglo XV, la Iglesia vive bajo presiones externas e internas. La consolidación del poder eclesial tropieza con el crecimiento de la conciencia nacional en Europa y con una creciente separación entre la vida política y la moral cristiana. Los conflictos entre naciones, el aumento de la riqueza y el dinamismo de las ciudades favorecen un clima social que empuja hacia cambios en la esfera religiosa. En este contexto, el humanismo renacentista no solo impulsa la cultura, sino que también puede favorecer una moral laxa y un pensamiento más secular. La imprenta contribuye a difundir con rapidez textos paganos y sus imitadores humanistas, intensificando el impacto cultural de estas transformaciones.1

Al mismo tiempo, el desarrollo histórico incrementa los roces entre autoridad espiritual y autoridad civil. La Iglesia afronta el desafío de la oposición a una centralización excesiva del gobierno eclesiástico en la curia romana, y los poderes civiles expanden su capacidad de intervenir en el ámbito religioso. La relación entre los derechos de la Iglesia y los del Estado no queda definida de modo estable hasta después de numerosos conflictos, con consecuencias negativas para la Iglesia en distintos momentos.2

El Cisma de Occidente y la búsqueda de unidad

El Cisma de Occidente (con raíces desde 1378) sitúa a la cristiandad en una crisis de obediencia: la Iglesia reconoce en ese tiempo tres papas. En el momento en que se convoca el gran concilio de la época, los cristianos deben obediencia a Gregorio XII, Benedicto XIII y Juan XXIII, lo que aumenta confusión y escándalo.3,4

El Concilio de Constanza (1414-1418)

El Concilio de Constanza (1414-1418) concentra su trabajo en tres fines principales: extinguir el cisma, promover la reforma del gobierno y de la vida eclesiástica, y reprimir la herejía. El concilio dirige su mirada a problemas doctrinales y disciplinarios, al tiempo que busca poner término al sistema de obediencia múltiple que debilitaba a la Iglesia en su conjunto.3

El Concilio se convoca con apoyo imperial y se abre el 5 de noviembre de 1414. A lo largo de sus sesiones, avanza hacia la solución del conflicto papal mediante la deposición o renuncia de los pretendientes rivales y la elección de un único pontífice.3

En cuanto al aspecto disciplinar y doctrinal, el concilio aborda específicamente corrientes condenadas en la época, especialmente en relación con John Wycliffe y con Jan Hus.3

Elección de Martín V y fin del cisma

El desarrollo culmina en la eliminación de los papas rivales y en la elección de Martín V como pontífice legítimo. El proceso incluye la deposición de Juan XXIII y la aceptación de la renuncia o neutralización de Gregorio XII y la eliminación de Benedicto XIII, hasta llegar a la elección de Martín V el 11 de noviembre de 1417.4

Conciliarismo y autoridad del concilio

Durante Constanza aparece con fuerza una corriente conocida como conciliarismo, que desplaza el acento sobre la autoridad suprema hacia el concilio general. En documentos conciliares y formulaciones del período, el concilio llega a presentar su autoridad como derivada inmediatamente de Cristo y obliga a todos -incluso al papa- en lo que toca a la fe y la extinción del cisma.3,4

Esta formulación se enmarca en circunstancias excepcionales: el concilio corre el riesgo de fracasar y el escenario político europeo empuja el proceso. Aun así, la doctrina conciliarista deja una huella histórica: más tarde, el papado y la tradición magisterial deberán reafirmar con mayor claridad la primacía papal frente a estas tentaciones de «parlamentarismo» eclesial.3

El papado de Martín V (1417-1431): consolidación tras el cisma

Martín V, elegido en 1417, encarna la necesidad de restaurar la estabilidad de la Iglesia tras el tiempo más crítico del cisma. La Iglesia conserva todavía focos de resistencia, pero el pontífice asume la tarea de pacificar la situación y ordenar el gobierno eclesiástico.5

Concordatos y política exterior eclesial

Una de las líneas de gobierno de Martín V consistió en establecer concordatos con potencias europeas. El papado busca asegurar márgenes de libertad y reducir fricciones en la administración eclesiástica con monarquías como Alemania, Francia, Inglaterra y España.5

Reorganización de Roma y reforma de estructuras

Martín V también atiende la reconstrucción material y administrativa. El estado de Roma en el momento de su llegada exige restaurar iglesias, palacios, puentes y obras públicas, y el papa impulsa esa tarea. Este esfuerzo queda vinculado al desarrollo del ambiente cultural romano de la época, que conecta con el clima de renovación del Renacimiento.5

Resistencia al conciliarismo

Martín V se opone a la idea de sustituir una forma constitucional del gobierno de la Iglesia por un sistema que someta al papa a un concilio general. El pontífice mantiene un marco de primacía y autoridad papal frente a la pretensión de desplazar el centro del gobierno hacia un «poder conciliar» permanente.5

De Basilea a Florencia: tensiones y unidad con Oriente

El Concilio de Basilea (y su evolución)

El concilio impulsado en Basilea se inscribe en el contexto de la recuperación de la unidad eclesial y en la búsqueda de un acercamiento con las Iglesias orientales. En la evolución del proceso conciliar aparecen disputas sobre el modo de negociar y sobre la autoridad del papa frente al concilio.

El Concilio en Basilea empieza el 25 de julio de 1431, convocado en el marco de la continuidad conciliar; pronto surgen conflictos con Eugenio IV, con tensiones sobre la posibilidad de disolver o trasladar el concilio y sobre la dirección de las negociaciones con Oriente.6,6

La trayectoria conduce a la transferencia de la sede conciliar hacia Ferrara en 1438, y más tarde hacia Florencia, con participación griega durante las sesiones decisivas.6,6

Además, el Concilio de Basilea también incluye debates y reafirmaciones sobre la autoridad de los concilios generales, como refleja una sesión centrada en renovar la declaración anterior de Constanza sobre la autoridad conciliar.7

El Concilio de Florencia (1439) y su decreto de unión

El Concilio de Florencia culmina la labor de diálogo con las Iglesias orientales. La unión se aprueba en el marco de las sesiones en Florencia y se proclama solemnemente el 6 de julio de 1439, con participación de los padres latinos y con la firma del decreto correspondiente por el papa Eugenio IV y por el emperador Juan VIII, en un acto que busca expresar la comunión eclesial.6,8

El decreto aborda materias doctrinales clave que durante siglos habían dividido a Oriente y Occidente: la primacía de la Iglesia romana, cuestiones sacramentales como la Eucaristía, la doctrina sobre el purgatorio y el debate sobre la inclusión del Filioque.8

Uniones sucesivas y traslado a Roma

El trabajo conciliar no se reduce a Constantinopla. Tras la unión con la Iglesia griega, el proceso incluye uniones con otras comunidades cristianas orientales. Se aprueban decretos de unión con los armenios y con los coptos, entre otros; el concilio llega incluso a conclusiones que abarcan iglesias de Siria y de los caldeos, y culmina con la unión con los maronitas de Chipre.8

El concilio sufre traslados: desde Basilea pasa a Ferrara, después a Florencia y, finalmente, a Roma. En Roma, el trabajo conciliar continúa y formaliza decretos adicionales, manteniendo el horizonte de unidad con las Iglesias orientales.6,8

Fragilidad de la unión

Aun cuando el decreto se proclama solemnemente, la unión resulta de corta duración. La oposición en el ámbito oriental, especialmente tras el retorno a Bizancio, provoca que muchos signatarios disavén su participación y que la comunión establecida en Florencia no eche raíces duraderas.8

Humanismo, renovación cultural e imprenta

Un humanismo con tensión: asimilar y corregir

El humanismo renacentista influye de modo profundo en la Iglesia por su impacto en la educación y en el modo de aproximarse a los textos. La tradición católica se enfrenta al reto de integrar lo que puede servir al bien: la cultura clásica puede «purificarse» y ponerse al servicio de fines superiores. En esa lógica de asimilación, la formación intelectual se conecta con el ideal cristiano de sabiduría y belleza.9

En el ámbito eclesial, el papado también impulsa instituciones de estudio. Con Nicolás V se funda la Biblioteca Vaticana, inspirada por la tradición de la Santa Sede como «madre» de escuelas y universidades, donde se enseñan las artes liberales.9

Universidad, difusión del saber y cambio de método

Entre 1400 y 1506, diversos papas otorgan cartas a universidades por toda Europa, desde Escocia hasta Alcalá, y desde Caen y Poitiers hasta territorios del Imperio. Este movimiento contribuye a la expansión de la cultura académica en la que participan clérigos y, cada vez con más intensidad, laicos.9

En el terreno intelectual, los humanistas cuestionan métodos escolásticos y pueden proponer un enfoque con mayor atención a la Sagrada Escritura y a los Padres, con potencial de renovación teológica. Sin embargo, la violencia polémica y el riesgo de que el cambio de método alcance también el contenido doctrinal alimentan tensiones.1

Imprenta y preparación de un clima religioso nuevo

La imprenta acelera la circulación de obras. La difusión amplia de textos, entre ellos obras paganas y sátiras sobre personas e instituciones eclesiásticas, genera un ambiente que intensifica los efectos del humanismo. En el fondo, el siglo XV ofrece un terreno apto para movimientos revolucionarios en el ámbito religioso, con múltiples advertencias previas de la llegada del peligro.1

La propia dinámica conciliar de Constanza también refleja el avance de formas nuevas de cultura política y nacionalismo: el ambiente abre camino a futuras discordias entre la administración central y ciertas corrientes intelectuales y civiles.3

Reformas eclesiásticas y tensiones con el poder civil

La Iglesia busca reordenar su vida interna, pero el siglo XV muestra una realidad compleja. Las reformas conciliares y los esfuerzos por «reformar en cabeza y miembros» conviven con el peligro de la mundanidad en ciertos sectores de la jerarquía y con el debilitamiento de la vida religiosa sincera en algunos ambientes.2

Además, el papado realiza concesiones a autoridades civiles para fortalecer su autoridad frente a tendencias anti-papales. Ese giro, aunque respondía a un contexto de defensa, tiende a situar la Iglesia bajo un marco de mayor subordinación respecto del poder civil, y aumenta el riesgo de quedar sometida a su control.1

En este punto, el Concilio de Constanza encuadra la tarea: une la exigencia de acabar con el cisma y con la incertidumbre de la obediencia papal, con el impulso reformador del gobierno eclesiástico y de la vida moral del clero.3

Expansión misionera y horizonte cristiano

El siglo XV abre también un horizonte de expansión geográfica. La Iglesia amplía su presencia por medio de los misioneros, que aportan nuevos territorios y numerosos adherentes a la fe católica en regiones lejanas. Este fenómeno marca una dimensión misionera de gran escala que conecta con el final de la Edad Media y el inicio de la época moderna.2

Herencias del siglo XV hacia la Reforma

El siglo XV no desemboca automáticamente en la Reforma, pero ofrece condiciones claras para su gestación. El ambiente cultural y social -en especial por el papel de la imprenta y la difusión rápida de textos- y las tensiones entre Iglesia y poderes civiles crean un contexto propicio para cuestionamientos amplios. En términos históricos, el periodo presenta señales de que la crisis religiosa posterior ya toma forma en elementos visibles.1,3

Constanza, en particular, aparece como un escenario donde se reconocen «formas» de revolución eclesial que después se intensificarán: el descontento de ciertas naciones con los resultados de reformas previas y la búsqueda de satisfacciones políticas y religiosas alimentan la persistencia de demandas reformistas que, con el tiempo, tomarán caminos decisivos.3

Conclusión

El siglo XV ofrece una síntesis potente: unidad restaurada tras el Cisma de Occidente, autoridad papal reorganizada bajo Martín V y una Iglesia que, pese a tensiones doctrinales y políticas, busca la comunión con Oriente en Florencia. A la vez, el humanismo, la imprenta y la transformación de la vida social generan un entorno cultural que amplía la circulación de ideas y acelera conflictos. La Iglesia entra en los umbrales del siglo XVI con memoria conciliar, con experiencia diplomática y con conciencia creciente de la necesidad de renovación interior.3,6,1

Citas y referencias

  1. La reforma. Enciclopedia Católica, La Reforma (1913). 2 3 4 5 6
  2. Historia eclesiástica. Enciclopedia Católica, Historia Eclesiástica (1913). 2 3
  3. Concilio de Constanza. Enciclopedia Católica, Concilio de Constanza (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
  4. Introducción 1, documento conciliar. Concilio de Constanza (1414-1418 d.C.), 1 (1414). 2 3
  5. Papa Martín V. Enciclopedia Católica, Papa Martín V (1913). 2 3 4
  6. Introducción, Florencia (Basilea-Ferrara-Florencia). Concilio ecuménico de Florencia (1438-1445), Introducción (1445). 2 3 4 5 6 7
  7. Concilio de Basilea (1431-1445) - Sesión 18-26 de junio de 1434, Florencia (Basilea-Ferrara-Florencia). Concilio ecuménico de Florencia (1438-1445), Concilio de Basilea, sesión 18 (1445).
  8. Florencia, concilio de, Edward G. Farrugia. Diccionario enciclopédico del Oriente cristiano, Florencia, concilio de (2015). 2 3 4 5
  9. El Renacimiento. Enciclopedia Católica, El Renacimiento (1913). 2 3
Modificado el 7 de julio de 2026 • FideScore™ 8.11 • 80 visitas • Citar este artículo

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