Clemente XIII: persecución de un instituto aprobado y defensa de la fe
Clemente XIII interpretó la crisis jesuítica como un ataque directo a la Iglesia y a la defensa católica. En 1762, el papa se manifestó profundamente dolido por la situación de la Iglesia y describió el daño que los enemigos causaban a la autoridad de la Sede Apostólica. En ese marco, subrayó que la Compañía de Jesús, de la que salieron defensores fervientes de la fe católica, sufría persecución y dispersión.
El mismo texto recordó la aprobación conciliar de la Compañía y los elogios y privilegios recibidos de pontífices anteriores, así como la valoración de reyes piadosos y cristianísimos. Clemente XIII presentó el cambio de clima como producto de acusaciones frías e injustas.
En 1766, Clemente XIII exhortó a los obispos a actuar como muro defensivo para impedir que se coloque otro fundamento distinto del ya establecido, y advirtió a los fieles sobre autores que intentaban frenar la difusión del error mediante escritos atractivos. El papa vinculó esta tarea a la vigilancia pastoral y al rechazo de libros que ofenden la fe, la religión y la moral.
La supresión: Clemente XIV y la conclusión de una crisis prolongada
La culminación de esta historia llega con Clemente XIV. En 1773, en la bula Dominus ac Redemptor, el papa declaró con tristeza que los remedios aplicados -y otros intentos posteriores- no lograron disipar las turbulencias, las acusaciones y las quejas contra la Compañía. El texto remite a las constituciones de numerosos predecesores que buscaron devolver a la Iglesia la tranquilidad, tanto en asuntos seculares prohibidos en ámbitos que afectaban a misiones como en disputas intensas dentro de espacios eclesiásticos y en cuestiones vinculadas a la pureza de la doctrina.
La bula describe además el peso de la prueba y menciona medidas previas o tensiones previas con distintos papas, recordando especialmente disposiciones asociadas a la visita de casas y colegios en Portugal, así como el esfuerzo por contener los conflictos sin obtener el fruto esperado.
En el arranque de la misma bula, Clemente XIV sitúa el ministerio eclesial bajo el signo de la reconciliación y de la paz: Cristo, «Señor y Redentor», confía a los apóstoles la tarea de difundirla y unir los corazones en un solo espíritu en el vínculo de la paz. Esta perspectiva funciona como horizonte teológico de la decisión disciplinar: la Iglesia no actúa para acrecentar la discordia, sino para encauzarla hacia la unidad en la caridad.