La consagración de vírgenes (consecratio virginum) constituye una celebración litúrgica en la que la Iglesia pide la gracia de Dios y la efusión del Espíritu Santo sobre las vírgenes llamadas a esta vocación. El rito recibe expresamente la «santa resolución» (sanctum propositum): una decisión firme y definitiva de perseverar toda la vida en la castidad perfecta, al servicio de Dios y de la Iglesia, siguiendo a Cristo conforme al Evangelio y dando al mundo un testimonio de amor y un signo claro del Reino futuro.1
El Ordo virginum mantiene una identidad propia: la consagración se realiza para mujeres que viven en su contexto ordinario, en comunión con la comunidad diocesana reunida en torno al obispo. La Iglesia reconoce esta forma de vida como un modo específico de consagración, distinto de los institutos de vida consagrada, y la disciplina encuentra fundamento en el derecho canónico (especialmente el canon 604).3
Desde el siglo IV, la entrada en el Ordo virginum se realiza mediante un rito litúrgico solemne presidido por el obispo diocesano. En el centro de la asamblea eucarística, la mujer manifiesta su sanctum propositum; el obispo pronuncia después la oración consecratoria que confirma la resolución y establece el vínculo nupcial con Cristo.2


