La doctrina católica distingue en el pecado dos consecuencias: una afecta a la comunión con Dios y recibe el nombre de pena eterna, y otra genera una purificación necesaria por el desorden introducido por el pecado, llamada pena temporal.3,4
La remisión de la culpa ocurre por el perdón de Dios que acompaña los sacramentos -especialmente el Bautismo y el sacramento de la Penitencia-, mientras que la pena temporal puede permanecer y exige purificación.1,4
Por esa razón, el cristiano acepta con sentido sobrenatural los sufrimientos y pruebas, y busca la purificación mediante la oración, las obras de misericordia y las prácticas penitenciales, hasta transformarse interiormente.4
