La Iglesia entiende que Cristo mandó preparar un «aposento alto» para celebrar la Pascua con los discípulos, y aplica esa exigencia a la vida eclesial: cuando la Iglesia dirige la preparación de los corazones y las mentes, y también de los lugares, los ritos y los textos para la Eucaristía, actúa siguiendo una norma que nace del propio mandato del Señor. En ese marco, la IGMR expresa «las normas actuales» y la forma en que el rito romano debe celebrarse en consonancia con la voluntad del Concilio Vaticano II y con el Misal nuevo que la Iglesia usa en adelante para la Misa.1
En el inicio del texto, la Iglesia vincula la IGMR con su tarea de enseñar y con su amor constante al misterio eucarístico: la Instrucción vale como testimonio de la tradición ininterrumpida y también como espacio donde la liturgia puede acoger determinadas novedades sin romper la continuidad del culto.1

