La vida moral cristiana posee una novedad: los actos humanos manifiestan la coherencia o la incoherencia con la dignidad y la vocación concedidas por la gracia en Cristo. La Revelación y la fe permiten al creyente entender que sus decisiones abren o cierran el acceso a la vida eterna, a la comunión de visión, amor y felicidad con Dios.1
Esa orientación encierra un rasgo decisivo: la moral cristiana tiene un carácter teleológico. La teleología moral consiste en el orden deliberado de los actos humanos a Dios, que es el bien supremo y el fin último del ser humano.1
La investigación moral no reduce la ética a un cálculo subjetivo de intenciones. La ordenación al fin último requiere actos que, en sí mismos, sean capaces de ordenarse a ese fin conforme al bien moral auténtico, custodiado por los mandamientos.1
