La carta surge del interés eclesial por comprender cómo el Espíritu Santo actúa en toda la Iglesia, tanto mediante estructuras y ministerios recibidos en comunión como mediante gracias carismáticas concedidas libremente. El propósito central consiste en ofrecer criterios teológicos y eclesiológicos que favorezcan la comunión y la misión evangelizadora, de modo que los carismas no compitan con la vida institucional de la Iglesia, sino que se integren en ella.1
En la perspectiva trinitaria y cristológica que desarrolla el documento, la misión del Hijo y la acción del Espíritu no funcionan como dos «fuentes» separadas. Cristo ya lleva consigo la acción del Espíritu en la obra de salvación; por ello, la Iglesia realiza su misión con una armonía interior entre los dones de gobierno y los dones de iniciativa espiritual.1
