El nacional-socialismo convirtió la política en una forma de religión civil, con una pretensión total sobre la conciencia y la vida pública. En ese contexto, la Iglesia católica vivió un choque frontal entre su misión espiritual y los objetivos del régimen: el nazismo pretendió controlar la enseñanza, restringir la libertad religiosa y presionar a católicos y clérigos para que aceptaran una visión del mundo incompatible con el Evangelio y con la dignidad de la persona humana.
La Santa Sede interpretó la dinámica del conflicto como una crisis grave para la vida eclesial en Alemania. En Mit brennender Sorge, el papa Pío XI expresó una preocupación creciente por las «pruebas dolorosas» de la Iglesia y por las vejaciones que sufrían quienes permanecían fieles a Cristo «en el corazón y en la acción» en medio de un pueblo que había recibido el anuncio cristiano hacía siglos.1
Esa misma carta pastoral pontificia describió el ambiente como una guerra religiosa, no solo política: el pontífice interpretó que, donde la Iglesia intentaba sembrar «la semilla de una paz sincera», otros sembraban desconfianza, inquietud y odio contra Cristo y contra su Iglesia.2
