En la tradición católica, la mujer soltera se define no como un estado vocacional formalmente instituido, sino como una situación vital que puede ser transitoria o permanente, elegida o impuesta por circunstancias. La Iglesia enseña que todos los fieles, independientemente de su estado civil, están llamados a la plenitud de la caridad mediante el bautismo, que imprime un carácter esponsal con Cristo.3 Sin embargo, la soltería no alcanza per se el grado de amor esponsal exclusivo e irrevocable propio del matrimonio sacramental o del celibato consagrado.3
El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) dedica atención especial a las personas solteras, reconociendo que muchas viven esta condición «no por elección propia» debido a circunstancias como la pobreza o la imposibilidad de casarse.1 Estas mujeres merecen «la especial afecto y solicitude activa de la Iglesia, especialmente de los pastores».1 La Iglesia las considera cercanas al corazón de Jesús, invitándolas a vivir su situación «en el espíritu de las Bienaventuranzas, sirviendo a Dios y al próximo de manera ejemplar».1
En contraste con el matrimonio, que se ordena al bien de los cónyuges y la prole,4 la soltería permite una fecundidad espiritual, similar a la del celibato, donde la persona se hace «padre y madre de muchos» en el plan de Dios.5

