El Concilio describe la participación del laico en las funciones de Cristo. Esta participación no equivale a una duplicación del ministerio ordenado; expresa la forma propia con la que el cristiano bautizado vive su unión con Cristo y colabora en su misión.
Función sacerdotal: ofrecer la vida
El Concilio vincula la caridad, alimentada especialmente por la Eucaristía, con la vida apostólica del laico. La caridad es el alma del apostolado, y los sacramentos sostienen esa comunicación y nutrición de la caridad hacia Dios y hacia los hombres.
Función profética: testimonio y palabra
Cristo, gran Profeta, cumple su oficio mediante la jerarquía y también mediante los laicos. El Concilio afirma que Cristo hace de los laicos testigos y les concede una inteligencia de la fe (sensus fidei) y una capacidad para comunicarla de modo atractivo, de manera que el poder del Evangelio se manifieste en la vida diaria, incluida la vida familiar.
El laico expresa la esperanza con una conversión continua y con perseverancia frente a las fuerzas del mal, especialmente en el marco ordinario de su vida secular. El Concilio concreta esta dimensión profética en la evangelización realizada por la vida y por la palabra, con una cualidad propia vinculada al ambiente secular.
La familia cristiana aparece como lugar privilegiado de este apostolado: cuando la fe impregna el modo de vivir, el hogar actúa como escuela de apostolado laical y propone, con ejemplo y testimonio, tanto la virtud del Reino de Dios como la esperanza de la vida futura.
Función real: ordenar el mundo al bien
La dimensión «real» del laico se vincula con la santificación del mundo desde dentro. El Concilio afirma que los laicos trabajan para esa santificación como levadura en el interior de la vida social, con el fin de que las realidades temporales, al crecer hacia Cristo, contribuyan a la alabanza del Creador y del Redentor.