Una letanía ofrece una estructura orante que favorece la participación: una serie de invocaciones breves crea un flujo de alabanza y petición. La tradición litúrgica encuadra esta forma de oración dentro de la sensibilidad bíblica: los salmos y cánticos presentan respuestas que sostienen la alabanza y la confianza en la misericordia divina, y la Iglesia adopta un modo semejante para impulsar la súplica comunitaria.1
Desde el punto de vista católico, las letanías reflejan la confianza eclesial en la intercesión de los santos: la Iglesia pide la ayuda divina, pero invoca a los bienaventurados como amigos de Dios en comunión permanente con él. Esa invocación no compite con la adoración debida únicamente a Dios; actúa como un cauce de intercesión dentro de la comunión de los miembros del Cuerpo de Cristo.3,2


