La Liturgia de las Horas-también llamada Oficio divino- es «la oración pública y común de la Iglesia». El Catecismo la presenta como oración de Cristo con su Cuerpo: por ella el misterio de Cristo, celebrado especialmente en la Eucaristía, santifica y transforma el conjunto del día.,
El Derecho canónico describe su finalidad: al cumplir la función sacerdotal de Cristo, la Iglesia escucha la palabra de Dios, recuerda el misterio de la salvación, alaba al Señor sin cesar por el canto y la oración, e intercede por la salvación de todo el mundo.
Composición y ritmo orante
La Liturgia de las Horas se articula principalmente con salmos, otros textos bíblicos y lecturas de los Padres y maestros espirituales. El mismo Catecismo afirma que las horas recorren el día y la noche santificados por la alabanza, de modo que la oración acompasa el tiempo concreto de la vida humana con la alabanza a Dios.
El Oficio divino une además oración vocal y escucha orante: las lecturas de la Palabra de Dios en cada hora, con las respuestas correspondientes, profundizan el sentido del misterio celebrado y preparan la oración en silencio. En ese contexto, la lectio divina-la lectura y meditación de la Escritura hasta que se convierte en oración- queda arraigada en la celebración litúrgica.
Sentido eclesial de la alabanza
Los fieles que celebran la Liturgia de las Horas se unen a Cristo, sumo sacerdote, por la oración de los salmos, la meditación de la Palabra y los cánticos y bendiciones. Esa unión busca incorporarlos a la oración incesante y universal con la que se glorifica al Padre e implora el don del Espíritu Santo para todo el mundo.
Además, himnos y letanías integran la oración de los salmos en la «edad de la Iglesia» y expresan el simbolismo del tiempo, la estación litúrgica o la fiesta celebrada; así, la liturgia educa el corazón para comprender el misterio que se celebra a través del lenguaje de los signos.