La Iglesia honra a María como verdadera Madre de Dios y Madre del Redentor, y reconoce que su papel materno alcanza también a los miembros de Cristo. El Concilio enseña que María cooperó «por caridad» para que los fieles nacieran en la Iglesia como miembros de la Cabeza, Cristo. Por eso la Iglesia la saluda como «miembro preeminente y singular» y la propone como tipo y ejemplar excelente en la fe y la caridad.1
Esta maternidad no contradice el lugar central de Cristo: el Concilio sitúa la maternidad de María «en el orden de la gracia» y subraya que su intercesión permanece activa, sobre todo, como cuidado materno de los hermanos que caminan en la tierra.2,4
María y la maternidad espiritual universal
Lumen gentium relaciona el papel de María con la historia de la salvación: el Concilio vincula su maternidad espiritual con su consentimiento en la Anunciación y con su perseverancia bajo la cruz. María continúa en el cielo su «deber salvífico» por «intercesión constante», de modo que su caridad maternal conduce a los fieles hacia la felicidad de su patria verdadera.2
De ahí nace la veneración de la Iglesia bajo títulos como Abogada, Auxiliadora, Ayudadora y Mediadora (en el sentido católico de cooperación subordinada), ya que María cuida a los hermanos de Cristo en medio de peligros y necesidades.2



