“Auxilium Christianorum» significa «auxilio de los cristianos». La Iglesia confiesa que la Virgen María no sustituye la acción de Cristo, único Salvador, pero sí acompaña la vida de los fieles mediante su intercesión, en continuidad con la fe católica en la comunión de los santos.
En la tradición devocional vinculada al rosario, el Papa León XIII describe con claridad el sentido que impulsa a los cristianos a acudir a María: los fieles confían en la Madre «como hijos» a una guía que recibe sus penas y esperanzas, y en el conjunto de sus títulos marianos la invocan con nombres que expresan su papel de mediación y distribución de dones celestiales.1
Además, la liturgia y la piedad eclesial aplican a María rasgos propios de su maternidad espiritual. En una fórmula litúrgica mariana aparece la súplica: «Sírvenos, ayuda a los pequeños, conforta a los que lloran; ora por el pueblo, intercede por el clero; intercede por el devoto sexo femenino» y pide que quienes celebran la maternidad admirable de María sientan su ayuda.2



