El relato evangélico sitúa el episodio en tiempos del rey Herodes: «unos magos del Oriente» observan la estrella, viajan hasta Jerusalén y preguntan por el «niño... [que] ha nacido rey de los judíos».1
Los magos no llegan por casualidad ni por mera curiosidad astronómica. Su pregunta nace de la adoración que desean rendir al recién nacido: «hemos venido a rendirle homenaje». En Mateo, esta actitud marca el corazón del episodio: la fe que se pone en camino hacia Cristo.1
La narración subraya el contraste entre poder humano y búsqueda de Dios. Herodes consulta a «los sumos sacerdotes y los escribas» para conocer el lugar del nacimiento del Mesías; después envía a los magos a Belén con instrucciones para que le informen.1
En Belén, la estrella se detiene sobre el lugar donde está el niño; entonces los magos «se llenaron de alegría», entran en la casa, se inclinan y adoran. Mateo concreta el gesto culminante: al abrir «los cofres de tesoros», ofrecen dones -oro, incienso y mirra- y luego regresan a su tierra por otro camino, advertidos en sueños.1



