Los relatos de los milagros de Antonio en Italia forman un conjunto coherente: muestran su intervención en situaciones concretas y, sobre todo, ponen el acento en la verdad de la fe, la reverencia al Santísimo Sacramento y la llamada a la penitencia.
El milagro del pie amputado en Padua
Uno de los prodigios más célebres ocurre en Padua con un joven llamado Leonardo, que, en un arranque de ira, llegó a patear a su propia madre. Leonardo se arrepintió y confesó su culpa. Antonio le dirigió una frase que los relatos recogen de forma literal: que el pie del que ofende a su madre merece ser cortado. Leonardo regresó a su casa, se amputó el pie y luego Antonio tomó el miembro amputado y lo unió milagrosamente con la pierna.
Este relato, además de insistir en la gravedad del pecado contra la familia, subraya el valor de la penitencia y la corrección evangélica, en la que la reparación interior conduce a una reparación exterior.
Sermón a los peces en el río Brenta
Otro milagro asociado a su predicación en el entorno de Padua es el sermón a los peces. Un itinerario hagiográfico lo sitúa en la ribera del río Brenta, cerca de Padua, y no dentro de la ciudad como corre popularmente. El episodio narra que Antonio dirigió su palabra a una multitud de oyentes que rechazaba su mensaje, y los peces acudieron a la superficie para «escuchar» en silencio, mientras los hombres quedaban avergonzados.
El sentido del prodigio aparece ligado al contraste entre la obstinación humana y la obediencia de la creación, que presta homenaje a Dios.
El «caballo» de Rímini y la adoración eucarística
Las biografías franciscanas recogen un milagro conocido por el ejemplo del caballo. En él, un animal, tras tres días de ayuno, rechazó el alimento que le ofrecían hasta que se arrodilló y adoró el Santísimo Sacramento que Antonio sostenía.
Algunos relatos tardíos colocan el prodigio en otros lugares, pero la tradición biográfica distingue la localización real: el episodio ocurrió en Rímini.
Comida envenenada y protección frente a la herejía
Los relatos atribuyen a Antonio también un prodigio relacionado con la hostilidad doctrinal: ciertos herejes le ofrecieron comida envenenada. Antonio respondió con el gesto de la señal de la cruz, y el veneno quedó inofensivo, lo que sus biógrafos vinculan con la conversión de testigos y con la defensa de la fe católica frente al error.