En el debate, la disciplina ascética actuó como foco de la polémica. Tertuliano expone varias acusaciones dirigidas contra los montanistas: según sus críticos, los «espirituales» mantenían sus propios ayunos, extendían las vigilias o «estaciones» hacia la tarde, practicaban dietas de alimentos secos (xerofagias) y condicionaban la comida a reglas estrictas.
Tertuliano concreta el contenido de esas imputaciones: los montanistas, de acuerdo con quienes los atacaban, limitarían la comida sin «jugos», evitarían la carne, rechazarían frutas especialmente «suculentas», y también se abstendrían de comer o beber con sabor a vino. Además, los críticos presentaban como parte del mismo rigor la abstención del baño, en coherencia con el tipo de dieta seca.
A partir de esta misma línea, Tertuliano contrapone la discusión práctica con el marco de autoridad y discernimiento: el conflicto no se resolvía solo en términos de «si existe profecía», sino en cómo se interpreta la profecía en relación con la vida moral y con el gobierno de la comunidad cristiana.