En la lectura católica contemporánea de esta doctrina, la «noche oscura» se conecta explícitamente con la experiencia creyente del sufrimiento y, más aún, con la «noche de la fe»: cuando el creyente atraviesa silencio o ausencia de Dios, puede interpretarse que esa oscuridad actúa como proceso de purificación.
La Iglesia, al comentar a san Juan de la Cruz, subraya que Dios puede «entresacar» luz incluso en la oscuridad, porque «sabe ... sacar ... de los males bienes». En ese marco, la noche no sería mera falta de consuelo, sino una transformación que abre el corazón a la verdad del misterio cristiano, es decir, a vivir el dinamismo muerte y resurrección en Cristo.,
«Silencio» y «ausencia» de Dios: pedagogía amorosa
Cuando se sufre, es frecuente que la persona experimente el silencio o la aparente ausencia de Dios, e incluso que el dolor llegue a vivirse como acusación. Sin embargo, el comentario eclesial explica que san Juan de la Cruz ve allí una «amorosa pedagogía de Dios»: Dios «se oculta» a veces no porque haya renunciado, sino porque ya ha hablado y ahora educa de otro modo.,
En esa pedagogía, aun en la experiencia de ausencia, Dios puede comunicar fe, amor y esperanza al que se abre con humildad. Así lo expresa el texto citado por la autoridad eclesial, atribuyendo a la doctrina del santo una línea coherente: la «blancura de fe» acompaña al alma en la salida de la noche, permitiéndole caminar «en tinieblas y aprietos interiores» sin faltar al Amado.