La devoción a Nuestra Señora de Consolación pone en el centro el anhelo humano de ser consolado en momentos de fragilidad, tristeza y dolor. El Jubileo de la Consolación 2025, convocado por el Papa León XIV, hizo resonar la súplica profética de Isaías: «Comfort, O comfort my people» (Is 40,1), y vinculó el consuelo con la acción de Dios que transforma el sufrimiento.1
En este marco, María aparece como rostro materno del consuelo que Dios concede: quien consuela no abandona en la oscuridad, y el creyente aprende a buscar una esperanza que no se rompe cuando faltan palabras y solo quedan las lágrimas.1



