El santuario nace del deseo de los fieles de venerar a la Madre de Dios y de pedir su intercesión con confianza filial. La advocación a la Asunción mantiene un vínculo directo con la solemnidad litúrgica del 15 de agosto y con una espiritualidad que combina el culto a María con la esperanza cristiana en el cumplimiento de la promesa divina.1,2
En el contexto vasco, la fiesta de la Asunción suele funcionar como un hito religioso y comunitario, pues la piedad popular identifica la solemnidad con la figura de la Virgen y con expresiones propias del calendario festivo.3


