La Iglesia honra el misterio de la Asunción como una celebración propia y significativa dentro del año litúrgico. La liturgia presenta a la Madre de Jesús glorificada en cuerpo y alma y la muestra como signo de esperanza y consuelo para los fieles que peregrinan en el tiempo.1
En la tradición litúrgica, la fiesta conecta la glorificación de María con la dignidad del misterio cristiano: la promesa de Dios alcanza a la persona humana en su totalidad, no solo en la dimensión espiritual, sino también en la corporal.1,2



